Algunas noches, mi marido y yo escribimos juntos en la sala, espoleados por el whisky, el tabaco y la promesa de sexo de madrugada. Él dice que en realidad escribimos sólo para poder fumar y beber en paz. Llegaremos a la cama después de haber escrito algunos párrafos, excitados como dos desconocidos que se encuentran por primera vez y no se cuentan nada ni exigen explicacdiones. La tabula rasa de las páginas, el anonimato que conceden las muchas voces de la escritura.

— Valeria Luiselli, Los Ingrávidos.

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